Todos podemos sentir y reconocer los efectos de la temperatura cuando la salud se desordena, pero a mí me traen muchos recuerdos.
Fragmentos del pasado surgen como una transición entre la vida y la muerte, la sensación de desprendimiento a medias, de mover el cuerpo y sentir que no me sigue o que ya no es mío, de cansancio exagerado y de vez en cuando, momentos lúcidos en los que sentía los dedos de mi mamá en la nariz, para ver si todavía respiraba.
Ignoro por qué me acechó la muerte hasta el grado de verla, soñarla o imaginarla una noche en que la temperatura se me elevaba y ni conocía la gravedad de mi condición. Los créditos de subsistencia se los doy a mi mamá por todo lo que luchó en el camino de mi infancia y a otra personita que con mucho optimismo me daba de comer en la boca.
Cuando, por cualquier razón, la temperatura vuelve, me acuerdo de los episodios más extraños y frágiles de mi vida.
Hoy escucho a mi hija decir: “tómate el paracetamol, ándale” y me trae un vaso de agua hasta la cama, desde donde no puedo moverme. Y es cuando recuerdo aquella emboscada sigilosa que nacía desde la penumbra y todavía no comprendo por qué la sombra me tuvo que perseguir con tanta hambre.
Aún puedo ver sus destellos apagados, como un síntoma de molestia, no en la frontera de la muerte sino en la vida.
En ese espacio donde algo me reclama, me desea, o en algún sentido me intenta detener y me siento más saludable a pesar de cualquier afectación corporal.




