Tic-tac.

Once de la noche

en mi muñeca izquierda.

 

Encuentro un alarido

oculto entre la calma

y me desgarra la garganta

al rojo vivo.

 

Escucho mil sombras consumirme.

Mastican mis ansias,

las regurgitan sobre mis labios

y me obligan a tragar.

 

Granos de arena movediza

me lijan la corneas.

Engullen la calma

donde yace mi recinto

de carne sudorosa

y escupen al vacío

el último gramo de cordura.

 

Tic-tac.

Once de la noche con un minuto.

El viaje terminó,

pero no suelto el bagaje.

No, no lo suelto.

No lo suelto.

Yuri Cantú