Se buscan

los vestigios de lo amado,

algún blanco y carcomido fragmento,

un recuerdo (tal vez de su sonrisa),

el reposo final para las sombras madres

despobladas de latidos.

Oscuras catedrales del Dolor,

que inconexas deambulan

entre los espejos de lodo mudo

de los tiraderos.

Huérfanas de luz,

Huérfanas del alma,

preñadas de amaneceres muertos,

de días carcomidos,

del fruto podrido de un tiempo aberrante

que decapita las horas,

los hombres,

los nombres,

de los que, sin rostro,

de los que, sin rastro,

se buscan.

-Daniel Torresfraga